Misterio

Padre Brown: o Detetive de Batina de G.K. Chesterton

Sal no acucareiro, sopa atirada na parede, etiquetas de preco trocadas: alguem espalha um rastro de loucura pelas ruas de Londres. O melhor detetive da Franca segue as pistas absurdas atras do ladrao mais genial da Europa. Mas quem esta cacando quem? E por que tudo gira em torno de um padrezinho gordo e desastrado?

Jonathan MachadoJonathan Machado
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A1 · Iniciante
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O vapor vindo de Harwich despejou em Londres uma multidão de gente apressada, e no meio dela desembarcou um homem que ninguém ousaria empurrar. Era Aristide Valentin, chefe da polícia de Paris, o cérebro mais celebrado da Europa em assuntos de crime. O rosto barbudo, escuro e elegante não trazia alegria nenhuma naquela manhã cinzenta. Ele tinha um único objetivo em Londres, e era a maior caçada de sua carreira.

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El vapor procedente de Harwich vertió en Londres una multitud de gente apresurada, y en medio de ella desembarcó un hombre que nadie se atrevería a empujar. Era Aristide Valentin, jefe de la policía de París, el cerebro más célebre de Europa en asuntos de crimen. El rostro barbudo, oscuro y elegante no traía ninguna alegría aquella mañana gris. Tenía un único objetivo en Londres, y era la mayor de su carrera.

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O homem que perseguia chamava-se Flambeau. Era um gigante gascão de força descomunal, um ladrão de imaginação poética, capaz das fraudes mais ousadas e dos disfarces mais perfeitos. Dizia-se que certa vez virara um policial de cabeça para baixo, apenas para guardar relógios nos próprios bolsos. Valentin sabia uma só coisa com certeza: Flambeau estava em Londres, e estava atrás de algo grande. O resto era neblina.

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El hombre que perseguía se llamaba Flambeau. Era un gigante gascón de fuerza descomunal, un de imaginación poética, capaz de los fraudes más atrevidos y de los disfraces más perfectos. Se decía que cierta vez había puesto a un policía de cabeza, solo para guardar relojes en sus propios bolsillos. Valentin sabía una sola cosa con certeza: Flambeau estaba en Londres, y andaba detrás de algo grande. El resto era niebla.

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No alto do ônibus, Valentin folheava o jornal sem ler e refletia. Sua genialidade nunca vinha de seguir o lógico, mas de farejar o inesperado. Quando a razão falha, dizia para si mesmo, é preciso vigiar tudo aquilo que não tem razão nenhuma. Por isso decidiu, naquele dia, prestar atenção a cada coisa estranha, a cada fato que escapasse do bom senso. Desceu sem destino certo, confiando no faro.

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En lo alto del autobús, Valentin hojeaba el periódico sin leer y reflexionaba. Su genialidad nunca venía de seguir lo lógico, sino de lo inesperado. Cuando la razón falla, se decía a sí mismo, hay que vigilar todo aquello que no tiene ninguna razón. Por eso decidió, aquel día, prestar atención a cada cosa extraña, a cada hecho que escapara del sentido común. Bajó sin destino fijo, confiando en el olfato.

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Para refazer as forças, entrou num pequeno restaurante e pediu café. Quando adoçou a bebida, parou com a colher no ar. O açúcar tinha gosto de sal. Olhou o açucareiro: estava cheio de sal. Olhou o saleiro: transbordava de açúcar. Chamou o garçom, intrigado, e perguntou se costumavam pregar essa peça nos fregueses logo de manhã.

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Para reponer las fuerzas, entró en un pequeño restaurante y pidió café. Cuando endulzó la bebida, se detuvo con la cuchara en el aire. El tenía sabor a sal. Miró el azucarero: estaba lleno de sal. Miró el salero: rebosaba de . Llamó al , intrigado, y preguntó si solían gastar esa broma a los clientes a primera hora de la mañana.

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O garçom, ainda mais espantado que ele, gaguejou que dois clérigos haviam estado ali pouco antes, dois padres pacatos tomando sopa. Um deles, um sujeito baixinho e atrapalhado, pagara a conta e, ao sair, atirara a xícara de sopa contra a parede. Estava ali a mancha, escorrendo. Valentin sentiu o coração bater mais forte: era exatamente o tipo de loucura sem sentido que ele andava procurando. Perguntou para que lado os dois haviam ido e saiu correndo.

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El , aún más asombrado que él, balbuceó que dos clérigos habían estado allí poco antes, dos s apacibles que tomaban sopa. Uno de ellos, un sujeto bajito y torpe, había pagado la cuenta y, al salir, había arrojado la taza de sopa contra la pared. Allí estaba la mancha, chorreando. Valentin sintió que el corazón le latía con más fuerza: era exactamente el tipo de locura sin sentido que andaba buscando. Preguntó hacia qué lado se habían ido los dos y salió corriendo.

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A caça recomeçou, mas agora seguindo um fio de absurdos. Numa quitanda da esquina, o dono reclamava furioso: alguém trocara as etiquetas de preço, pondo o valor das laranjas nas nozes e o das nozes nas laranjas. Um padre baixinho, disse ele, derrubara ainda por cima a banca de maçãs com o guarda-chuva, e fora embora tranquilo como quem nada fez. Valentin já nem fingia surpresa. Seguia o rastro de pequenas desordens como quem segue pegadas na neve.

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La caza recomenzó, pero ahora siguiendo un hilo de absurdos. En una verdulería de la esquina, el dueño se quejaba furioso: alguien había cambiado las etiquetas de precio, poniendo el valor de las naranjas en las nueces y el de las nueces en las naranjas. Un bajito, dijo él, había derribado además el puesto de manzanas con el , y se había marchado tan tranquilo como quien no ha hecho nada. Valentin ya ni fingía sorpresa. Seguía el rastro de pequeños desórdenes como quien sigue en la nieve.

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Mais adiante, numa vitrine de restaurante, um vidro aparecia quebrado, e os garçons contavam que um clérigo pagara tudo, e até por uma janela que mal trincara, deixando dinheiro a mais e indo embora sereno. Valentin começava a entender, sem entender. Aqueles disparates não eram acaso. Eram um sinal, uma trilha deixada de propósito por alguém que queria ser seguido. Só faltava saber por quem, e para quê.

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Más adelante, en el de un restaurante, aparecía un cristal roto, y los s contaban que un clérigo lo había pagado todo, e incluso una ventana que apenas se había agrietado, dejando dinero de más y marchándose sereno. Valentin empezaba a entender, sin entender. Aquellos disparates no eran casualidad. Eran una señal, un sendero dejado a propósito por alguien que quería ser seguido. Solo faltaba saber por quién, y para qué.

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O detetive chamou dois policiais que conhecia e os levou consigo. O sol descia, vermelho, sobre Hampstead Heath, aquele grande campo aberto nos arredores de Londres. O céu se acendia em tons de papagaio sobre as árvores escuras. E ali, num banco solitário à beira de um bosque, Valentin avistou enfim os dois vultos de batina. Dois padres, sentados lado a lado, conversando como velhos amigos sob o crepúsculo.

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El detective llamó a dos policías que conocía y los llevó consigo. El sol bajaba, rojo, sobre Hampstead Heath, aquel gran campo abierto en las afueras de Londres. El cielo se encendía en tonos de papagayo sobre los árboles oscuros. Y allí, en un banco solitario al borde de un bosque, Valentin divisó por fin las dos figuras de sotana. Dos s, sentados uno al lado del otro, conversando como viejos amigos bajo el .

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Um era alto, calado, de rosto duro. O outro era pequeno, redondo, com cara de bolo de Norfolk e olhos tão vazios quanto o Mar do Norte. Carregava vários embrulhos de papel pardo que mal conseguia segurar. Valentin escondeu-se atrás de uma árvore com os policiais e ficou a escutar, certo de que dali sairia a chave de tudo. A conversa, porém, era a coisa mais inesperada de todas.

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Uno era alto, callado, de rostro duro. El otro era pequeño, redondo, con cara de pastel de Norfolk y ojos tan vacíos como el Mar del Norte. Llevaba varios paquetes de papel marrón que apenas conseguía sostener. Valentin se escondió detrás de un árbol con los policías y se quedó escuchando, seguro de que de allí saldría la clave de todo. La conversación, sin embargo, era la cosa más inesperada de todas.

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Os dois falavam de teologia, de razão, de mundos distantes onde talvez as leis de Deus fossem outras. O padre baixinho discorria com doçura sobre os infinitos do céu. Foi então que o padre alto, de modo quase casual, começou a defender que, em algum canto perdido do universo, a própria razão poderia não valer, que roubar poderia não ser pecado. E o padrezinho, manso, balançou a cabeça e respondeu que não: a razão é a razão, mesmo no último recanto do espaço perdido.

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Los dos hablaban de teología, de razón, de mundos lejanos donde quizá las leyes de Dios fueran otras. El bajito discurría con dulzura sobre los infinitos del cielo. Fue entonces cuando el alto, de modo casi casual, empezó a defender que, en algún rincón perdido del universo, la razón misma podría no valer, que robar podría no ser . Y el curita, manso, sacudió la cabeza y respondió que no: la razón es la razón, incluso en el último rincón del espacio perdido.

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Foi nesse instante que a máscara começou a cair. O padre alto, percebendo-se descoberto pela serenidade do companheiro, mudou de tom. Confessou, sem rodeios, que era Flambeau, o ladrão, e que ali, naquele lugar deserto, com toda a força de gigante que tinha, ia tomar a relíquia que o padrezinho carregava. Pediu que entregasse, de boa vontade, o embrulho azul. O padre Brown, sem se assustar, apenas piscou os olhos míopes para o crepúsculo.

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Fue en ese instante cuando la máscara empezó a caer. El alto, percatándose de que había sido descubierto por la serenidad de su compañero, cambió de tono. Confesó, sin rodeos, que era Flambeau, el , y que allí, en aquel lugar desierto, con toda la fuerza de gigante que tenía, iba a tomar la que el curita llevaba. Pidió que le entregara, de buena gana, el paquete azul. El padre Brown, sin asustarse, solo parpadeó sus ojos miopes ante el .

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A relíquia era a Cruz Azul: uma cruz de prata cravejada de safiras, tesouro precioso que o pequeno padre devia levar a um congresso de clérigos. Flambeau havia se disfarçado de sacerdote para viajar ao lado dele e roubar a joia no caminho. Sorriu, vitorioso, certo de que aquele homem ingênuo nunca desconfiara de nada. Pediu de novo o pacote. E então o padre Brown disse, com a maior calma do mundo, que a cruz não estava ali.

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La era la Cruz Azul: una cruz de plata cubierta de zafiros, tesoro precioso que el pequeño debía llevar a un congreso de clérigos. Flambeau se había disfrazado de para viajar a su lado y robar la joya en el camino. Sonrió, victorioso, seguro de que aquel hombre ingenuo nunca había sospechado de nada. Pidió de nuevo el paquete. Y entonces el padre Brown dijo, con la mayor calma del mundo, que la cruz no estaba allí.

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Flambeau ficou perplexo. O padrezinho explicou, sem nenhuma vaidade, que havia trocado os embrulhos ainda de manhã, num correio, e despachado a verdadeira cruz para um endereço seguro, em Westminster. O que Flambeau pensava ter roubado era um pacote de papel cheio de pedacinhos de chumbo e açúcar. Tudo aquilo de sal, sopa e etiquetas trocadas tinha sido obra do próprio padre, deixando um rastro absurdo para que a polícia, se houvesse uma, pudesse achá-los.

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Flambeau quedó perplejo. El curita explicó, sin ninguna vanidad, que había cambiado los paquetes todavía por la mañana, en una oficina de correos, y había despachado la verdadera cruz a una dirección segura, en Westminster. Lo que Flambeau creía haber robado era un paquete de papel lleno de pedacitos de plomo y . Todo aquello de la sal, la sopa y las etiquetas cambiadas había sido obra del propio , dejando un rastro absurdo para que la policía, si la había, pudiera encontrarlos.

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O gigante mal respirava. Como, perguntou, um simples sacerdote de aldeia havia desmontado o plano de Flambeau? O padre Brown sorriu, encabulado, e disse que sabia que aquele homem não era padre de verdade desde o começo: um clérigo legítimo jamais atacaria a razão do jeito que ele atacara, defendendo que roubar não é pecado. A fé, disse o padrezinho, é feita exatamente de razão. Foi a teologia, e não a astúcia, que o entregou.

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El gigante apenas respiraba. ¿Cómo, preguntó, un simple de aldea había desmontado el plan de Flambeau? El padre Brown sonrió, avergonzado, y dijo que sabía que aquel hombre no era de verdad desde el comienzo: un clérigo legítimo jamás atacaría la razón del modo en que él la había atacado, defendiendo que robar no es . La fe, dijo el curita, está hecha exactamente de razón. Fue la teología, y no la astucia, lo que lo delató.

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Nesse momento, Valentin e os dois policiais saltaram de trás das árvores. Flambeau era forte demais para fugir agora, cercado, vencido não pela força nem pela lógica fria do grande detetive, mas pela mansidão de um homenzinho que entendia a alma humana melhor do que qualquer um. Valentin tirou o chapéu diante do padre, reconhecendo, espantado, quem de verdade resolvera o caso. A noite caía sobre Hampstead, serena, como se nada de extraordinário tivesse acontecido ali.

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En ese momento, Valentin y los dos policías saltaron de detrás de los árboles. Flambeau era demasiado fuerte para huir ahora, rodeado, vencido no por la fuerza ni por la lógica fría del gran detective, sino por la mansedumbre de un hombrecillo que entendía el alma humana mejor que nadie. Valentin se quitó el sombrero ante el , reconociendo, asombrado, quién había resuelto de verdad el caso. La noche caía sobre Hampstead, serena, como si nada extraordinario hubiera ocurrido allí.

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E foi assim que Londres conheceu, sem saber, o seu detetive mais improvável: um padre gordo, distraído, de guarda-chuva torto e embrulhos caindo das mãos, que via o crime não de fora, como um caçador, mas de dentro, como quem já ouviu mil confissões e conhece cada dobra do coração dos homens. Flambeau seguiu preso naquela noite. Mas a história dos dois, do ladrão e do padre, estava apenas começando.

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Y fue así como Londres conoció, sin saberlo, a su detective más improbable: un gordo, distraído, de torcido y paquetes cayéndose de las manos, que veía el crimen no desde fuera, como un cazador, sino desde dentro, como quien ya ha oído mil confesiones y conoce cada pliegue del corazón de los hombres. Flambeau quedó preso aquella noche. Pero la historia de los dos, del y del , apenas estaba comenzando.

ESVocabulário da história

Sobre a obra

A Cruz Azul foi publicada em 1910 e e a historia que apresentou ao mundo o Padre Brown, um dos detetives mais queridos de toda a literatura policial. Diferente de Sherlock Holmes, que resolve crimes pela observacao fria e pela deducao, o padrezinho de Chesterton resolve tudo porque entende o pecado e a alma humana, ja que passa a vida ouvindo confissoes. Ele nao parece um genio: parece um simplorio distraido, e e exatamente isso que o torna genial.

O autor, o ingles G.K. Chesterton (1874-1936), era jornalista, ensaista e um dos escritores mais espirituosos de seu tempo, famoso pelos paradoxos e pelo bom humor. Dizem que se inspirou em um padre real, amigo seu, o Padre John O'Connor, que o impressionou justamente por conhecer profundamente o lado sombrio das pessoas sem perder a bondade.

As historias do Padre Brown viraram livros, filmes e series ate hoje, e A Cruz Azul continua sendo a porta de entrada perfeita para o universo do detetive de batina: um caso curto, cheio de pistas absurdas e com uma virada final que ninguem ve chegar.

Perguntas frequentes

Por que o Padre Brown deixou aquele rastro de coisas absurdas (o sal, a sopa, as etiquetas)?

Porque ele desconfiou desde cedo que o companheiro de viagem era um ladrao disfarcado. Sem poder fugir nem chamar ajuda diretamente, foi deixando um rastro de pequenas loucuras pela cidade, sabendo que, se houvesse uma policia atenta, ela seguiria aqueles disparates e chegaria ate eles. Foi o jeito que ele encontrou de pedir socorro sem levantar suspeita.

Como o padrezinho descobriu que o outro nao era um padre de verdade?

Pela teologia, nao pela aparencia. O falso padre, em certo momento, atacou a propria razao, defendendo que em algum canto do universo roubar poderia nao ser pecado. O Padre Brown sabia que nenhum sacerdote autentico falaria assim, porque a fe se sustenta justamente na razao. Foi esse deslize de ideias que entregou Flambeau.

Quem realmente resolve o caso: o famoso detetive Valentin ou o Padre Brown?

O Padre Brown. Valentin e o grande detetive da Franca e conduz a perseguicao, mas quem percebe o plano, protege a cruz de safiras e desarma o ladrao pela astucia e pela compreensao humana e o padrezinho atrapalhado. Valentin so chega no fim, a tempo de fazer a prisao, e tira o chapeu reconhecendo quem de fato venceu.